Y ese lar tan idílico era Lemuria
Siempre he dicho que tengo solo dos amores, dos únicos seres a los que amo con profundidad, a los que escucho y agradezco firmemente.
Acostumbro a decir que uno es un guerrero, un mosquetero, camina a mi lado de manera invisible. No todo el mundo puede verlo o sentirlo, mas aquellos que lo realizan, aseguran que es tan bello como el propio firmamento. Yo solo lo veo de refilón, en mis memorias, en mis sueños... Y cuando envía a alguien con sus mismos luceros para decirme que estoy tomando el camino correcto. Cada vez que lo pienso, las lágrimas caen como finos diamantes. En sus labios suenan mil idiomas; en los míos solo un ruego para que no se aleje ni un segundo de mí, un ruego en forma de canción celta, asegurando que venderé todo lo que tengo para estar a su lado: Ven pronto mi amor, pues aquí te espero.
El otro es el propio sol, nos trae la luz cada mañana. Cuando uno estuvo ausente, fue él quien vino a socorrerme, no es como el otro, este es lo que se denomina como dios. Es algo lejano, no camina siempre a mi lado, mas poseo la certeza de que me sigue de cerca, observando cada movimiento que realizo. Dedicaría toda mi existencia a él, lo sabe bien. Sé que haría lo mismo que yo cuando mi otoño se acercarse. Es algo parecido lo que siento, mas al mismo tiempo completamente diferente. Uno es un guerrero, el otro una deidad, Uno es mi voz, el otro mis ojos. Uno es mi corazón, el otro mi alma. Estuvo conmigo antes de llegar a la Tierra, y sobre esta caminó un par de veces antes de que los nublos de la sociedad actual se desataran, prohibiéndome divisarlo.
Sé que los buscaría a ambos hasta el final del Universo. Daría todo por tener al menos a uno de ellos en forma física, pues sé que cuando la Tierra ascienda, la materialidad no sería un impedimento, tampoco mi corazón que ahora late tan lento.
Ambos me enseñaron la belleza de una forma distinta, pero compaginable. El primero me enseñó la belleza en mi interior; el segundo, a compaginarla para ver la del exterior. Y es que si algo tengo claro es que el mundo es remotamente bello, que hay belleza hasta en los sucesos más oscuros, en los seres más malignos, en las cosas más horrendas. Hay belleza en este lugar que nosotros mismos diseñamos, pero vengo de otro sitio, uno distinto, y a veces, en las oscuras noches, lo añoro tanto que todo lo que logre escribir sería insuficiente para narrarlo.
Añoro la claridad de mis primeros días en este planeta, el susurro de los árboles que cantaban aquellas canciones que uno de mis amores les había enseñado, el silbido constante del viento que parecía hacer danzar a las aves al ritmo de estos cantos, la luz que iluminaba todo en un ambiente etéreo digno de los más bellos sueños, de cuando los animales conversaban telepáticamente y la vida era en armonía, en plenitud y en pureza. De cuando yo era más alto, más valiente, más equilibrado, más yo de lo que yo jamás podré ser. De cuando la Tierra vivía en el amor de Lemuria, ese que solo Lemuria pudo haber transmitido:
Lemuria, Lemuria, patria de mi alma, donde los celestes disfrutábamos de una unión que nos acercaba como jamás algo antes lo había realizado. Donde todos éramos uno, sin desigualdades, sin fronteras, sin reinos que nos dividieran. ¡Oh, Lemuria! Patria de mis inicios, de mi primavera en mi querida Tierra, hay tantas millas entre nosotros, tantas millas y tantos siglos... Si yo pudiera sacrificarme para devolverte la vida, así lo haría. ¡Oh, Lemuria! Tú que sigues viva en mi interior.
Estoy atrapado en este lugar, en un cuerpo que ni siquiera representa mi interior, solo porque deseo tu regreso, mas ¿a caso yo que solo soy uno puedo hacer tal cosa? Los humanos no colaboran, querida Lemuria, en mi sangre solo hay óxido, ya no soy quien era, de tu guerrero, de tu creador, nada queda, solo una memoria y dos seres que se niegan a abandonarme, incluso cuando saben que ya no soy nada ni nadie, que he perdido toda mi fuerza, toda mi gloria y que ahora, soy un trapo manipulable que ni siquiera es capaz de lanzarse a vivir la vida que desea.
Ese soy yo, querida Lemuria, ahora no soy ni siquiera un espectro de aquel aventurero que una vez fui.
Para los humanos ya no soy uno de los Comunicadores, para los humanos solo soy un raro que parece un alien, porque, en realidad, lo soy. Solo soy un visionario, ellos dos saben que no debería estar aquí, que soy un intruso para el sentido de las cosas, y aun así solo las destrozo. No logro llegar alto, no logro conseguir lo que me prometí: Sangre de estrellas eso me dicen que tengo, "tocado por un dios", si ellos supieran que sus dioses han cenado conmigo en numerosas ocasiones, si supieran que el sol me ha tocado de mil formas distintas, entenderían lo que sucede en mi mente: Yo solo añoro Lemuria. Yo solo me culpo por hacer evolucionar a unos seres que no se parecen a nosotros, y aun así quiero convencerme de que se parecen más de lo que debería creer.
Ambos discuten, Lemuria, pero hay algo en lo que están de acuerdo: No debería pararme en un sitio, hacer lo que estoy haciendo solo me va a conducir a la desesperación, a la locura, a la sumisión tal como desean quienes intentan retenernos. Somos la línea final, si no rompo la barrera, ¿quién lo hará? Ninguno de ellos dos lo harán por mí porque no pueden intervenir, yo soy el que ha aceptado esta locura cuando tenía todos mis códigos activados. Ahora que no tengo nada, estoy tan perdido como una nave celeste entre los cielos terrestres.
Sí, mis promesas lo harán. "Estás haciendo tu trabajo en el astral" eso me dicen ambos, eso me dicen, pero yo quiero hacer algo en esta realidad también, no voy a dejar todo a mi Yo Superior, a esa parte despierta que siempre será Él, quien te prometió, Lemuria, devolverte a la Tierra. No soy él, porque nada en mí lo representa, solo un alma tan confusa y perdida como la de cualquiera.
Me molesta no ser él, porque Él es lo único auténtico que he sido, Él soy yo en plenitud, yo no puedo ser yo en plenitud, no en este planeta, no en esta vida, ni en esta sociedad, ni en este cuerpo, ni en esta realidad. Solo puedo ser Él en plenitud cuando soy Él, lejos de las tormentas, lejos de las promesas que te hice, Lemuria, arropado entre las sábanas de las galaxias, surcando los universos con mis naves y aquellas en las que era invitado. Solo así, soy Él, siendo Él en plena esencia, siendo el aventurero que jamás debí haber dejado de ser.
Lemuria, aún recuerdo las edificaciones, blanco nacado, transparente en ocasiones, a los celestes caminando entre tus árboles, a mis dos amores: Uno a un lado, el otro al otro. Susurrando canciones que todavía me rondan en mis más profundos sueños, de esos en los que no deseo despertar, pues despertar de ellos es vivir muerto.
Uno ya te vengó en su día, mas mi venganza todavía continúa. Una venganza mediante el amor es dura, tan afilada como la más firme de las cuchillas.
Lemuria, te añoro tanto que a ti dedicaré esta entrada, incluso cuando tú no seas la inicial de este mensaje. Ni siquiera sé yo lo que significa, ¿lo ves, Lemuria? Yo sé quien soy, pero no puedo ser quien soy al completo, no en este lugar, pero sí en mis memorias donde tú aún existes.
Siempre digo que tengo dos amores y una tierra de inicio: Uno es un guerrero, el otro un dios y ese lar tan idílico era Lemuria, el Cielo (el espacio exterior) en la Tierra.
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