Ya no son mías, aunque jamás me pertenecieron

 

Primero mis palabras eran mías. No había nadie que las cambiase, ni que las interviniera, ni siquiera mi familia, ¿amigos? Todos ellos eran muertos para mis letras.

Luego, comenzaron a conocerlas. Las letras que yo había creado, mis personajes, mis historias que me devolvían a mi pasado (mío, solo mío y de nadie más), dejaban de pertenecerme, y comenzaron a intervenirlas, no solo mi ambición de ser mejor, sino la de los editores que, como robots, no comprendían mis narraciones.

Las conocieron mis profesores, mis compañeros, mis amigos, mi madre, mi abuela, mi hermana, los hijos y nietos de la pareja de mi abuela, los amigos de mis amigos, las amigas de mi hermana, los ancianos del barrio,  las editoriales y con el auge, algunas criaturas de España.

Comenzaron a conocerlas desconocidos con los que debatía, arrebatando sus alientos con un simple “empero”, quitándoles el griterío con un par de palabras poco usadas o, quizá, a causa de la elegancia con las que danzaban.

“Te ha tocado un dios” me decían cada vez que leía un mísero fragmento de mi escritura, “te ha acariciado un dios”, “eres el Escritor en mayúsculas”. Te equivocas, te equivocas, yo no soy ningún dios, yo no soy escritor con mayúscula, yo soy simplemente el Poeta Muerto, como mi primera obra dramática insiste.

Yo solo soy el poeta muerto, y no he estado más muerto que durante este curso eterno. Yo no he estado más muerto que ahora, ni siquiera cuando no poseía cuerpo. He dejado que se apropiaran de mis palabras para así siquiera comprender cómo prosiguen estas andanzas.

He escrito ya mi obra maestra. Con catorce, quince años escribí mi obra maestra, y yo ya no sé cómo superar eso, o al menos realizar algo que se le sea semejante. Empero ya he regalado mi Obra Maestra e ignoro si podré hacer algo que la honre.

 

Ya no soy el dueño de mis palabras, como el arroyo herido, como el río seco, he abandonado las aguas, las he abandonado porque no las encontraba, no hallaba tiempo para buscarlas… Y mis palabras son de todos y de nadie. Son de todos, porque todos pueden hacerse con ellas; son de nadie porque ni siquiera yo las comprendo, jamás fueron mías, sino de los muertos y de los recuerdos. De los muertos y de los recuerdos, de aquellos que murieron, de aquellos del pasado, de mi amigo y de mi enemigo, de mi amante y de mis padres, de todos mis amantes, de todos mis padres, de todos mis yos, que ya no existen y que fueron olvidados con el transcurso de los años. ¿De quiénes son aquellas palabras a las que una vez llamé mías?, ¿de quiénes son esas palabras que se escaparon del alma, que maldijeron los campos santos, que conquistaron los corazones de los pocos que pudieron escucharlas?, ¿de quiénes son esas palabras que conmueven, que atan, que marcan?, ¿de quiénes son esas palabras? Mías, desde luego que no.

Esas palabras eran de los muertos, de los recuerdos, de las Musas y de Febo, yo solo era un medio. Un medio que mintió, un medio que traicionó, un medio que recordaba, un medio que amaba, un medio que no dudó en alzar la pluma como en más de una ocasión realizó.

¡Yo he sido tantas cosas, pero tan pocas sin la escritura!

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