Yo sé bien que no es el cielo, porque este no existe, solo existen los campos Elíseos y para mí ella es eso.

 

Yo sé bien que Escocia no es el mejor lugar del universo; yo sé bien que Escocia pese a ser bella no tiene porqué ser la más bella de todas las zonas de la Tierra; yo sé bien que Escocia es salvaje, con un clima horrible que sumiría a cualquiera en la más ingente depresión; Yo sé que Escocia no tiene la mejor cultura, la mejor comida, aunque sí el mejor whisky; yo sé que Escocia no tiene el mejor gobierno, ni las mejores medidas; yo sé que la sanidad de Escocia deja mucho que desear; yo sé que no todas las ciudades de Escocia son tan bonitas como se muestra en las redes, y que no todos los escoceses son tan maravillosos como los pintan en las películas, yo sé que no todo el mundo es tan patriota como William Wallace, pero para patriota ya tengo a mi alma.

Yo sé que Escocia no es el paraíso en la Tierra, y que ni siquiera lo intenta ser. Yo sé que en Escocia hay cosas que no van del todo conmigo, sé que nuestra danza de espadas no es el mejor baile del universo, y que la violencia puede reinar en cada esquina. Yo sé que  Escocia, como todo lugar, posee cosas negativas, pero es el cielo para mi alma, Eliseo para mi criatura.

 

Pero yo sé que cuando cierro los ojos y me pregunto por cuál país sería capaz de dar mi vida, de luchar, de ser torturado, e incluso vender mi alma, el único que me viene a la mente es Escocia. Con sus colinas y riveras, con su belleza que quizá solo yo pueda identificar, porque estoy enamorado de Caledonia, y cuando uno cae en el amor se ciega.

Yo sé que Escocia no es para todo el mundo y que biológicamente no debería ser para mí, pero el alma no entiende de limitaciones, el alma busca el hogar que ella misma ha elegido, y la mía ha encontrado en Escocia toda la seguridad de la que carecía, o quizá Alba sea quien nos haya encontrado.

Salvaje y bella como toda ella, salvaje y hermosa para mi alma. La esencia que acaricia mis noches y me susurra al oído con esperanza perdida, como un ruego agudo que lejano me ronda, tornándose en la clave para que siga respirando: “regresa a casa”.

Y a casa he de volver, algún día cuando lo hados me lo permitan, y entonces podré ver todo respaldado por las montañas moradas, el viento podrá arrastrarme y no me quejaré, ¡oh, los ciervos reyes de las llanuras podrán cantarme, y las aves narrarme! Y el kilt podré portar, guardador de mi hogar.

En un pasado místico, en el que yo no me haya alejado de mi tierra, estaría viviendo entre colinas y cañadas de azul rozando el púrpura, con las vacas y las cabras. En un mundo donde yo no me hubiese visto forzado a alejarme de mi querida Caledonia, yo estaría todavía entre las altas tierras, llorando la esclavitud de mi patria, tratando de romper las cadenas de oro que la someten, empero nada sería imposible para mi alma, porque, incluso ahora, estando lejos, peleo cada día para que vuelva. Y cuando me viene a la mente la flor morada comprendo mejor que nunca, que mi hogar verdadero no es España, casa de mi sangre, ni Alemania casa de mi mente, en la que me crié siendo yo pueril criatura, sino Escocia, Alba, Caledonia, eterna patria de mi pequeñísima y debilitada alma.

 

Recuerdo la primera vez que fui consciente de este amor que me mantiene unido a una tierra salvaje, lejana y muy distinta a los lares conocidos, fue escuchando la voz de Caledonia, una gaita que trajo mi profesor de música de cuarto de primaria.

Yo siempre había sentido que la parte de Escocia en los mapas, esa isla a la que yo entera llamaba Inglaterra, era el lugar al que deseaba ir en pos del salón de mi casa, mas me arriesgo a decir que la primera vez que escuché el nombre de mi amada fue en aquella clase, que con la primera nota una lágrima cayó. Una lágrima proveniente de un sentimiento que no había sentido antes, melancolía, pérdida.

Me forcé por no llorar más, pero mi corazón saltaba, me apretaban por dentro, y sentí angustia mezclada con algo semejante a la tristeza y a la felicidad, y la constante ganas de llorar como pocas veces antes había realizado. “Es un instrumento típico de Escocia”. “Escocia”, ¿qué era aquella palabra, qué era aquella cosa con semejante poderío para destrozar a un niño que había sufrido grandes cosas con tan solo nueve años?, ¿para destrozar a un infante que era un toro?

No lo sabía, no sabía que era, pero era cercano a mi ser, a lo más profundo de mi criatura. Estaba muy lejos de tal lugar, y yo solo quería que me permitiera decirle que la amaba, que no me olvidara, mientras las lágrimas sacudían mis ojos, y mi tristeza me rondaba. Me daba cuenta de que había perdido mi hogar y que paulatinamente lo iba recuperando: Escocia ante mis ojos, Escocia y sus gaitas, ya me llamaban cuando yo ni siquiera sabía que su verdadero nombre era Alba, y que una vez por paganos fue denominada Caledonia. Yo no sabía nada de Escocia, empero ya la sentía muy dentro de mí. Su espíritu jamás accedió a abandonarme, me alegro  de que así fuera.

 

Más tarde unos amigos de la familia se mudaron a Escocia, y a mí me invadió una ingente envidia. Iban a Escocia. Yo por entonces tampoco sabía mucho de ella, pero aun así sentía envidia. Ellos iban a mi casa, abandonaban el lugar que me había acogido para abrazar a Caledonia, lo único que había tenido. ¡Qué pena recuerdo! Y ellos nos decían que fuéramos, y yo le decía  a mi madre que temía  a los aviones, (lo que es cierto, pues nunca me fié de esas chatarras voladoras), y que si iba no volvería. Recuerdo decírselo claramente: “Si vamos a Escocia tal pena me consumirá cuando toque regresar, que o bien desearé que el avión me mate antes de pisar España, o bien huiré la mañana de nuestra partida, me perderé por Escocia y no me encontraréis porque si yo voy a Escocia para luego abandonarla, moriré en vida”.

Tal era mi situación y mi saber cuando todavía desconocida toda la vida de mi patria perdida.

 

Y ahora años más tarde, cerca de la década, ahora que sé y comprendo los motivos que me han llevado a amar a un lugar que, en teoría, me debería dar igual, espero ansioso el día en el que parta para regresar a mi pequeña isla, que tan divina me habla en sueños y sigue mis andanzas como los dioses siguen a sus elegidos. Y yo, romántico empedernido, comprendo que no ha habido amor más grande y verdadero que el que yo he sentido y siento por Escocia, que he amado verdaderamente a varias criaturas, un amor celeste y platónico que rozaba el de los altos espíritus, empero sin embargo, no he conocido amor de una patria más sincero y correspondido como este que me une a mi pequeñita Alba.

Yo he intentado marchar a su vera, o al menos lo más próximo a ella durante años, y todavía sigo intentándolo, confío en que algún día las moiras cedan y me conduzcan al hogar que no he visto desde el siglo dieciocho. Que me permitan llegar al lar donde mi alma habita, y al que estaba destinado a no abandonar.

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