A William Spidereick

 Querido William, 

padre soy igual que tú, ahora lo entiendo. mi alma por fin lo comprende, soy igual que tú. 

Añoro mis cañadas, las colinas de nuestra casa, pero ahora soy tu vivo reflejo, en vez de obsesionarme los equinos de fuego, me obsesiona tu época y la mía. 

Padre, te escribo para que nunca respondas. Hoy te he recordado con las canciones de nuestro pasado: 

Una mañana sombría, de niebla me desperté en la oscuridad, a la sombra, con una carta que yace a buen recaudo entre mis sábanas espirituales y vi a nuestra Escocia, nuestra Alba, nuestra Erin, bella Irlanda a través de la ventana. 

¡Qué hermosas se alzaban! Hombre, padre, las sigo conservando, hermosas como ellas eran y te conservo a ti, querido William. 

Estarás en las islas eternas con nuestros dioses, donde ningún cuerpo se acerca, y yo estoy en la tierra en cuerpo ajeno, mas portando tu nombre. 

Sonrío al pasado mientras el búho me mira, y el folk suena  a mis espaldas, mi pájaro juega con mi ropa y yo te canto: 

Me dijiste que algún día yo sería igual que tú, y razón tenías. Ese día ya ha llegado, pues soy tu reflejo, William, siempre lo he sido. Soy tu vivo reflejo y no puedo estar más agradecido. 

Algún día te veré de nuevo sin atardecer alguno y podré decirte que me he convertido en tí. 

Sonríe como lo haces, 

vive en las islas con Epone, 

y yo me quedaré en las Misty Mountains que nos preceden;

No te olvido, 

Tu hija eterna, 

Eileen. 

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