Yo, un escritor fracasado
Comencé a ver la nueva temporada de AHS hace, relativamente, poco.
Es una serie que siempre me ha hecho volver a ella, sumergirme en toda su esencia cada vez que decidía poner un capítulo en la pantalla de mi televisión:
El guión, sus personajes, los actores, los cámaras, la producción... Todo absolutamente todo era una auténtica obra de arte, y entonces, cuando no podía ser más perfecta, llegó la décima temporada con Finn Witffrock interpretando a este escritor, Harry Gardener, con el que de pronto me sentí profundamente identificado.
Harry y yo no compartimos la misma personalidad, ni siquiera las mismas circunstancias, empero sin embargo, sí que tenemos dos cosas en común: Somos ambos escritores, y ambos unos fracasados, aunque aquel haya hecho más trabajos de lo que yo habría soñado.
Ambos somos fracasados, uno de una forma, el otro de la otra, mas no obstante, somos ambos desafortunados, al menos en el mundo de las letras, pues si algo tenemos en nuestra vida personal es dicha: Nuestras respectivas familias son asombrosas. Pero en las letras, todos nos dicen cuán talentosos somos, empero nada obtenemos.
Vemos a otros que poseen la vida solucionada, porque ellos no solo disfrutan de un trabajo que los agrada, sino también de uno que les da de comer. Nos cuestionamos ambos qué hemos hecho para no lograr eso mismo, ni él ni yo deseamos ser billonarios, pues conocemos el cambio que podría ejercerse en nuestras mentes y no lo queremos. Solo deseamos dos cosas: Que las musas no nos abandonen, y que nuestros escritos nos den lo suficiente para mantenernos con vida.
Parece que yo tengo a las musas siendo promiscuas a mi hado; él tiene lo contrario, al menos da la impresión de lograr mantenerse junto al sueldo de su esposa.
Empero yo no tengo ni una esposa, ni una hija, y ni falta me hace, puesto a que en mi vida, pese a agradarme la compañía ajena de cierta manera, solo convivo yo con mi mente, mis muertos, mis guías y mis dioses... Mis dedos forman un parte fundamental de mi vida, son ellos los que escriben las palabras que callan mis labios. Son ellos los que se atreven a luchar contra el clima que se alza en mi contra, son estos la vuelta a la época de mi alma, y a la mismísima esperanza.
"Yo, escritor fracasado" Yo, escritor fracasado en vida, como pudo haberlo sido J.R.R. Tolkien o el mismísimo Cervantes. Somos los cuatro, ellos dos, Harry y yo unos escritores fracasados.
¿A caso somos malos?, ¿a caso carecemos del Talento? No carecemos de este, estamos dotados de tal cualidad, al menos ellos lo están. Los tres lo tienen, quizá simplemente nuestras obras salieron en época no comprensiva de nuestro arte, quizá simplemente sea eso... O que la gente se ha olvidado de lo más hermoso que el humano jamás ha creado.
Harry arregla esto a lo largo de los tres capítulos transmitidos mediante unas pastillas, que pese a forzarte a beber sangre, te asegura a las musas, aparte de un sueldo bastante aceptable.
A su vez, el personaje de Sarah Paulson, provisto de arte para la pintura, está en la ruina, es una pobre mujer que no tiene ni para pan. Es consciente de que si toma tal pastilla, llegará a ser grande, un Picasso en femenino. Sin embargo, su moral va por delante.
Ella es de las más necesitadas para tomar tal cosa, sin embargo no lo hace.
¿Qué haría yo si tuviera esas pastillas entre mis dedos? ¿Tomaría la decisión de Harry, y la de todos aquellos antes que él?, ¿me perdería ver cómo la gente disfruta de mi arte por un principio moral como bien realiza Karen? ¿Qué hubiesen hecho Cervantes, Tolkien, junto a todos aquellos escritores que vez alguna fueron unos fracasados? ¿Qué haríamos nosotros que ponemos el alma en nuestros escritos, para transmitir y entregar un hogar al lector, pero que sin embargo no conseguimos ni lo uno, ni lo otro?
Al final las pastillas ofrecen un mundo repleto de posibilidades, sin límites, por el mero trueque de beber sangre humana. Hay muchos humanos en el mundo que son viles, ¿lograríamos matarlos para seguir escribiendo, mientras al unísono limpiamos la Tierra de seres que dañan más que sanan?
No es una decisión fácil, aunque parezca muy lógica la respuesta que consideraríamos correcta. Empero en un lapso de tiempo, donde este se detenga, donde los relojes ya no giren, ni los números varíen en nuestras muñecas; En un lapso de tiempo, donde uno esté frente a la pantalla sin hallar la palabra adecuada, o mientras uno esté haciendo números y vea que solo tiene dieciocho euros para vivir tres meses; En un lapso de tiempo, donde la mente se enloquezca, donde no lleguen los recursos, y una imagen viva aparezca en nuestras cabezas:
No tendríamos que preocuparnos ni por lo uno, ni por lo otro, si acaso tomamos una pequeña pastilla que nos impulse a la gloria.
Quizá más de uno lo haría. Muy pocos resistirían. Un mundo que sonriese con tu arte al alcance de tus manos...
Es una metáfora increíble, que ha engatusado a mi mente. El problema de las artes no es ser bueno o malo, poseer talento o no, sino tener a la suerte de tu lado. Hay grandes escritores, mucho mejores que los famosos hoy día, no ganando ni diez dólares al mes por sus manuscritos perfectos. Esto nos asegura cuán complejo es vivir de un oficio que es como cualquier otro, empero más puro. Si nos dieran una pastilla, con un precio tan alto, mas tan bajo, nos la tomaríamos. Tarde o temprano, los únicos que aguantarían sin hacerlo serían aquellos tan fuertes de espíritu, aquellos tan nobles que anteponen yacer en la pobreza antes de acabar con una vida. Pero los humanos acabamos con vidas cada día, ya sea por las vestimentas que compramos, por las carnes que tomamos, por la leche, o por aplastar insectos al caminar.
¿Qué importaría una vida más?
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