La voz que me narró Rhindanos

 

Cuando la noche cae, me sumerjo en una realidad distinta. Con los rayos de la luna, cierro los ojos y viajo al lugar al que pertenezco: Más allá del tiempo, del espacio, un lugar que todavía no ha sido explotado, bajo la atenta mirada de los dioses antiquísimos.

En frente de mí siempre hallo una playa: Es de arenas claras, con oleaje suave, sus aguas de tonos azulados como el cielo en los días de sol. Parece que cantan las aves sobre ella, acompañando las melodías de los peces.

A mis espaldas, se encuentran las montañas, y un patio que me aguarda esperanzado.

Es uno antiguo, la vegetación lo ha vencido, parece abandonado, pues solo hay un ser humano que se atreve a acercarse a aquel insólito lugar.

Hace mucho tiempo que no le veo, en realidad, jamás lo he visto. No en esta vida, empero soñando, al caer la noche, yo ya no pertenezco a mi cuerpo, y mi alma, mi yo verdadero, escapa de las pieles y de los huesos. Es entonces, cuando libre de las cadenas, puedo verlo:

Tiene cabello oscuro, negro como el azabache, le cae por encima de los hombros, siempre vistiendo con el uniforme oficial de los mosqueteros. Sus ojos son grises, semejantes a las tormentas, esas que me cautivan, y que me arropan con sus truenos y sus lluvias. Hay profundidad en ellos, en ellos mismos me veo. Ahí estoy yo, siempre actúa como una laguna. Le debo mi vida.

Avanzo despacio al divisarle, poseo mil rostros, mil voces, mil cuerpos distintos, una misma alma que los une a todos. Él, sin embargo, no varía ante mis ojos. Sigue siendo sus lagunas grises, grises como la bruma, como la neblina que envuelve a la tierra, tornándola misteriosa, y mucho más bella de lo que ya de por sí es. Grises como los rayos de luna, que se cuelan entre nosotros.

Escucho a los pájaros, allí sus piidos nunca callan. Es la melodía infinita, la sinfonía de la naturaleza. Bajo mis pies siento cómo palpita el corazón de la tierra.

Avanza con sus manos cerca de su florín, no puedo recordarle de forma distinta aparte de esa. Su mano en el florín, sus labios dibujando una sonrisa, el más puro amor en sus ojos.

Su nombre ha sido recordado hasta mi más lejanos días, empero yo le conozco de otra manera, no tan estratégica, no bélica, yo no conozco su apellido ni sus proezas, yo conozco su alma, que es la mía aunque más perfecta.

Sus dedos abandonan el metal, acarician un rostro que no está definido, y yo clavo mis ojos en los suyos.

Él me ha salvado. Me salvó cuando yo más lo necesitaba, y poco le di a cambio. Me ha salvado mil veces porque sin él, yo no me entendería, nada rimaría, yo estaría muerto mientras respiro. Y vivir así no es vivir, es un sufrimiento, un castigo del Hades, esos eternos como el de Sysyphus subiendo una roca todo el tiempo, pero ninguno de los dos éramos Sysyphus. Él era mi Aquiles, yo Patroclo y no existía el uno sin el otro.

Pero aquel había muerto y no había vuelto a nacer, se había quedado en forma de brisa, de espectro atrapado en el tiempo, en una película y en un libro. En mis libros y en los de otros.

Recuerdo, mientras le miro, cómo en aquella noche acudió a mi llamada, respondiéndome a todo aquello que no entendía:

“Te sientes atraído por el pasado, porque a él perteneces”.

 “No soportas el monoteísmo porque tu alma nació en la era de la herejía”

“España no es tu hogar, tu hogar es la tierra; el salón de este tu querida Escocia”

“Yo sé tu historia, porque es la mía. Pregúntame y te la contaré”

Entonces estaba perdido, nada me quedaba y acepté:

Escribí nuestra historia en un pergamino, para salvarla del olvido. Sin darme cuenta, no solo estaba aceptando mi hado, sino que acababa de firmar el contrato que me llevaría a mi alma.

Hoy ese libro está en el exterior, vendido como “Rhindanos”, y mi corazón late con cada palabra. Al encontrar una persona en este, un hogar, yo recuerdo algo más.

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